Mi abuelo Francisco Plaza

Mi abuelo materno se llamaba Francisco Plaza. Nació en el pueblito de Naltagua en Isla de Maipo. Siempre me llamaron la atención las historias que mi madre solía contar sobre él. Que en Naltagua había por esa época una sola escuela y que llegaba sólo hasta cuarto de primaria, como antes se le decía a la educación básica. Mi abuelo, después de terminar los cuatro años, volvía a inscribirse para repetir el ciclo. Volvía a cursar las lecciones de esa escuelita pequeña y olvidada donde conoció y reconoció las letras, las sumas y las restas. Que de adulto mientras trabajaba en las minas de cobre de Naltagua tomaba cursos a distancia a los que se inscribía a través de cupones de revistas y que de vuelta le llegaban libros de contabilidad, de inglés, de matemáticas. Que tenía cuadernos para practicar la caligrafía y que su letra se volvió así una letra muy bella y clara, como la que heredó de él mi madre.

Como mucha gente de campo emigró a Santiago buscando mejores condiciones de trabajo y fue como llegó a trabajar a la viña Santa Teresa de repartidor a veces, de chofer de camión cuando alguno faltaba. Ahí se hizo dirigente sindical y militante del partido socialista. Como era de los pocos que sabía leer y escribir mi madre cuenta que era el encargado de redactar los petitorios, pero no sólo los de la viña sino también de otras fábricas donde otros obreros se organizaban para pedir mejores condiciones laborales. Que de vuelta recibía regalos como bebidas, frutas y muchas invitaciones a participar, a conversar, a planear el siguiente paso en esa larga y sostenida y antigua esperanza de un día la justicia social.

Que siendo dirigente le ofrecieron muchas veces pasarse de obrero a trabajador administrativo de oficina. Mejor sueldo, mejores condiciones. Que todas y cada una de ellas dijo que no. Que escogió quedarse al lado de las personas con las que tenían una causa común pendiente. Que prefirió quedarse a redactar los petitorios, exigiendo lo que hace años, lo que desde siempre. Que mi abuela lo encaraba por no mejorar las condiciones de ellos, de su familia. ¿Por qué no aceptar? ¿Por qué porfiar en esa lucha lejana e imposible y renegar de la cotidiana, su mujer, sus hijas, sus hijos?

Mi madre lo recuerda como un padre que tenía respuestas a todas sus preguntas de niña en la escuela. Que le enseñó de política, lo que era el socialismo y lo que era el capitalismo. El porqué de la riqueza y de la pobreza. Por qué era tan importante instruirse, lección que mi madre aprendió siendo la primera de su curso y recibiéndose de contadora al terminar su quinto de secundaria.

Que cuando vio por televisión la llegada del hombre a la luna, sentado en su sillón azul aterciopelado, bajo el tapiz de la última cena colgado en la pared, declaró que ahora podía morir tranquilo. Y así fue, porque murió un mes después, a los 66 años, el 25 de agosto de 1969, cuatro días antes de que naciera mi hermana mayor.

He oído esta historia muchas veces, con detalles que aparecen, desaparecen y vuelven nuevamente. Y siempre pienso en todo lo que nos llevamos de nuestros antepasados a nuestro pesar y también a mucha honra. En los tiempos que hemos querido renegar o no haber sido y en aquellos preciosos momentos en que uno recuerda de dónde vino. Para bien y para mal. Para ser todo lo que somos, seres hechos de carne, de dolor y seres hechos de luz. Porque de eso se trata. De eso siempre se trató.


Mi abuelo Francisco es el segundo de la foto, de izquierda a derecha. Los demás, sus compañeros del partido socialista, todos dirigentes sindicales.






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