El monstruo autoinmolado o Lolita de Nabokov

¡Si todo fuera tan sencillo! Si en algún lugar existieran personas acechando para perpetrar iniquidades bastaría con separarlos del resto de nosotros y destruirlos. Pero la línea que divide el bien del mal pasa por el centro mismo del corazón de todo ser humano.
¿Y quién está dispuesto a destruir un solo fragmento de su propio corazón?

ALEXANDER SOLZHENITSYN




La novela “Lolita” hace lo que toda buena literatura: nos deja entrar en una zona donde la pluma diestra del autor desarticula el habitual baile de máscaras; los preceptos morales de una sociedad prolífera en mandamientos, se tambalean ante la mirada atenta del espejo narrativo.
“Lolita” nos confiere el privilegio de seguir en modo de cámara subjetiva a Humbert Humbert, un profesor cuarentón cuyo objeto del deseo han sido desde siempre las llamadas “nínfulas”, hembras donde coexisten en perfecta armonía el gesto infante y el destello prostibulario.

“Hay muchachas entre los 9 y los 14 años de edad, que revelan su verdadera naturaleza, que no es la humana sino la de las ninfas (es decir, demoníaca), a ciertos fascinados peregrinos, los cuales, muy a menudo, son mucho mayores que ellas, hasta el punto de doblar, triplicar o incluso cuadruplicar su edad. Propongo designar a esas criaturas escogidas con el nombre de nínfulas”.

Como las ninfas mitológicas, hermosas hembras que circulan desnudas o semidesnudas por el bosque y que representan el aspecto femenino de la fecundidad natural, las nínfulas, igualmente hermosas y seductoras, conservan las expresiones propias de la niñez, los gestos pueriles, los guiños tiernos de la infancia. Esta combinación de inocencia y erotismo es lo que afiebra la imaginación del protagonista, que encontrará en Dolores Haze, Lolita, una digna representante del género.
Es precisamente la categoría de “nínfula” la que despoja a esta historia de la posibilidad de ser, al menos inicialmente, sepultada bajo un precepto moral nutrido de definiciones. Si nos encontrásemos ante el relato de un pedófilo, y aun recorriendo el intrincado camino de su perfil psicológico (sus razones, causas y complejidades), probablemente no existirían grandes dificultades para asignarlo a su sitio de perversión y de abuso. “Lolita” es, por el contrario, un sendero largo donde habitan los matices, la relatividad, la duda, lo posible de interrogar y de cuestionar, una invitación a un recorrido moral maleable, elástico, permeable.
Una permeabilidad, por una parte, planteada por el propio narrador, quien intenta justificar sus impulsos a través de una serie de ejemplificaciones donde esta disímil unión es permitida e incluso celebrada: matrimonios indios donde niñas de entre 9 y 12 años son entregadas a esposos visiblemente mayores; el caso de célebres sátiros, como el de Dante, enamorado de una Beatriz de 9 años o Petrarca de una Laura de 12; Humbert, nos dice entonces que no es perverso ni un atentado a la ética amar a una nínfula, sólo lo es hacerlo en un contexto que no es el de Homero, ni el de Petrarca, ni el de la India. “No soy un psicópata sexual y criminal que se toma libertades indecentes con una niñita”.
Por otra parte, el lector podrá presenciar -previamente aleccionado de la naturaleza “diabólica” de las nínfulas- una suerte de conexión erótica invisible entre el profesor y la niña, donde abundan los roces de pies, de manos, de rodillas, de piel erizada por el contacto viril, de susurros voluptuosos reclamando paseos, de manzanas sórdidas mordidas paradisiacamente, de escenas como extraídas de saga romántica:

 “Haze (madre) la llamó furiosa. Un instante después, oí cómo mi amor corría escaleras arriba. Mi corazón se ensanchó con tal fuerza que casi estalló en mi pecho. Me sujeté los pantalones del pijama, abrí la puerta y simultáneamente Lolita apareció jadeante con su vestido dominguero, y cayó en mis brazos, y la boca inocente de mi adorada palpitante se fundió bajo la feroz presión de unas oscuras mandíbulas masculinas. En seguida la oí –viva, inviolada– bajar las escaleras.”

Pero estos ambiguos escarceos pasarán a ser una especie de coitus interruptus dentro de la novela, donde esta historia preliminar acaba con la muerte de la madre, quedando Lolita a merced de su singular pretendiente, quien alentado por la mezcla de seducción y de indefensión de la niña, terminará convirtiéndola en su amante.
(Cabe destacar, sin embargo, que la respetable señora Haze no era precisamente un factor de protección para Lolita; más bien que consideraba a la hija como una odiosa rival y no perdía ocasión de denostarla; un detalle no menor es cuando decide que su retoño debe cambiar con premura su pijama inapropiadamente sexy, a propósito de la estadía de Humbert en casa.  Es decir, que el escenario familiar de la nínfula, era perfectamente apropiado para la irrupción del profesor)
Lo que viene a continuación será un largo y penoso viaje tanto para Lolita como para Humbert: para el profesor porque comprueba con espanto cómo su Sombra se despliega con toda libertad en esa luna de miel torva, donde la posesión de la nínfula, sin violación ni forcejeo, sólo le devuelve la amargura del que se sabe un monstruo, no obstante su propio y meticuloso constructo argumentativo con el que trata de alcanzar la autoexpiación; para Lolita, -la niña que tuvo amantes mucho antes de tener al profesor- porque no tiene elección; en su orfandad no podrá prescindir fácilmente de ese matrimonio construido sobre un desamparo que se inició desde la madre y se consagró con la muerte de esta, desamparo que su tierno amante se encarga de recordarle cada cien kilómetros de viaje.
Y será a través de todo el relato, la propia conciencia o hiperconciencia de Humbert (esa peligrosa bendición que puede mostrarte con tanta claridad y sin caminos de salida, el infierno que se es o en el que se vive) la que escenificará para el lector el desolado romance entre el erudito y la nínfula
Este libro tiene el temerario mérito de abordar frontalmente esa sangrante arista de la sexualidad, que es la perversión -y un Nabokov interrogado hasta el hartazgo sobre la posible naturaleza autobiográfica de “Lolita”-; de la perversión entendida no como categoría moral condenatoria sino como la definición del deseo que se orienta a prácticas socialmente prohibidas. Una lágrima de Eros proyectada a la luz, ampliada ante la decorosa mirada del lector pudibundo por el propio pervertido, con la salvedad de que no se detendrá en su sola perversión, pues en el habitáculo de la autoexposición tenemos también permiso de acercarnos a la sociedad que lo rodea: hostil, odiosa, enferma y tan o más corrupta que él mismo (bástenos con mirar a la madre de Lolita, a los Farlow, a la cuidadora de las niñas del campamento y a ese largo desfile de personajes sacados de algún cuadro de El Bosco).

Una exposición de una herida que sangra no sólo en las víctimas sino también en los victimarios, pero que promete perdurar en una sociedad que conserva los cimientos necesarios para que ambos, en un encuentro nada de azaroso, sigan perpetuando la triste estirpe de los espejos rotos.

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