Tejer

Aprendí a tejer a eso de los 8 años. Era en clase de técnico manual con la señorita Alicia. Primero nos enseñaba un punto y después teníamos que tejer un cuadrado como muestra por cada nuevo punto aprendido. Cada cuadradito tenía una nota. Yo me sacaba sólo notas 4 porque tejía apretado y además ensuciaba el tejido porque llegaba del recreo con las manos con tierra. Varios años después y con la misma profesora tuvimos que tejer un chaleco. Tampoco vi una y además tejerlo me parecía algo tan largo de hacer, una tarea tan infinita que renuncié a la mitad de la primera manga. Entre mi madre y sus dos hermanas me armaron el chaleco, que resultó una especie de Frankenstein a palillos que, sin embargo, tuvo una nota 6.

Pero me gusta ver tejer. Me gusta ver a las tejedoras. Me gustaba, por ejemplo, quedarme viendo a mis dos tías cuando miraban Sábados Gigantes o el noticiero y al mismo tiempo pasaban el palillo una y otra vez, sin tener que despegarse de la pantalla. Como si esa danza cruzada estuviera grabada en la memoria de sus manos, como un pequeño universo funcionando con sus reglas propias al amparo del ruido plástico y casi imperceptible que hacían los palillos al chocar. Me sorprendía ver que a las pocas semanas o días ya tenían terminado un nuevo chaleco con rombos o con un gato dibujado sacado del patrón de la revista; otro par de guantes para alguna sobrina que había perdido por enésima vez los suyos, un cobertor amarillo orillado con cinta blanca para la guagua recién nacida de la vecina o un cuadrado multicolor tejido a crochet que cosido a otro y a muchos más formaban un cubrecama. Esos cubrecamas que son tan calientitos.

Me gusta ver tejer porque me parece que todas las mujeres que lo hacen lo disfrutan tanto. Como si la lana saliera desde adentro de ellas, como si los colores fueran apareciendo desde sus palabras, desde sus risas, desde la calma absoluta e ininterrumpible en que se encuentran cuando lo hacen. Como si su alma, que suele ser generosa, se les quedara en el punto y su mejor aliento en el remate. Por eso, cuando entregan el chaleco, los guantes, el amigurumi, las botitas de guagua, la manta, el cubrecamas parecen emocionarse. Parecen querer despedirse y a la vez, disfrutar del calor y del color que saben van a prodigar. Para después empezar a pensar qué es lo siguiente que toca tejer.


Yo a veces lo intento de nuevo tejiendo bufandas. Creo haber terminado sólo una. De lana roja y para mi hija. Y cada vez que la veo salir al frío con ella puesta, me siento por un momento, un poquito tejedora.

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