Tango

Historia contada por mi madre al almuerzo: Cuando tenía ocho años vivía dos casas más allá una chica llamada Fresia. Ella tenía desde hace varios meses un enamorado pero ni su madre ni su hermano aprobaban su romance. No recuerda las razones de esa negativa; quizás por el cómo eran las madres en esa época, quizás por no estar a la altura de su hija, de su pequeña casa de dos pisos siempre impoluta, brillando al amparo del incansable movimiento del paño, del trapero y dellustramuebles. Quizá por simple capricho, intuición o pálpito materno. 

Y Fresia cada día sin excepción, al salir su madre de compras o de visita, lamentaba ese amor prohibido, esa distancia involuntaria del cuerpo y del aliento amado, oyendo una tras otra canciones de tango, compartiendo las líneas del vinilo argento con toda la cuadra. Mi madre recuerda la voz de la joven, afinada, fuerte, atravesando las paredes y los corazones vecinos, tristes y solidarios, recordando tal vez a sus propios amores perdidos en algún capítulo de idilio mutilado. Pero la canción que más escuchaba, la que cantaba con más fuerza, la más visitada por la aguja rasposa del tocadiscos era Yira Yira en la voz de Carlos Gardel. Porque Aunque te quiebre la vida/ Aunque te muerda un dolor/No esperes nunca una ayuda/ Ni una mano, ni un favor. 

Fresia cantaba desde el fondo de su alma adolescente que todo es mentira, que nada es amor, y ese rezo despechado por el amante que no la vino a buscar, que no reclamó la cárcel ni desafió al encierro fue mermando su corazón, dejando que la desesperación se comiera su alma ya partida en pedacitos. Fresia caminó un día hacia la orilla del Canal San Carlos y sin pedir permiso saltó a ese cauce sucio, acabando con su procesión. Ya no hubo más discos dando vueltas por las tardes, ni más Yira Yira ni más Gardel. Sólo su alma en pena hurgando en los roperos todas las noches. Quizás juntando la ropa para hacer las maletas y huir por fin con el amado. Para reunir por siempre sus cuerpos y sus corazones sin importarles la indiferencia del mundo que es sordo y que es mudo. 

Hicimos un Salud por Fresia y por todos los amores inconclusos que murieron para convertirse en canción.