Profesores

Entiendo la movilización de los profesores, como entiendo cualquier otra de las movilizaciones de trabajadores chilenos que se han dado en el último tiempo, es decir, como una reivindicación justa y necesaria.

Pero al mismo tiempo siento que en esta búsqueda, debiera instalarse un tema que me parece tan importante como el de las condiciones laborales y que tiene que ver con el ser profesor vinculado al asunto de la vocación. Porque en los años que trabajé como profe, la verdad no me quedé con esa imagen que hoy instalan en su movilización del educador significativo, o del defensor intransable de la libertad y la justicia. Si bien existía esa clase de profesores -de los que hablaré más adelante- eran más bien la excepción que la regla.

Por el contrario, en muchos de los liceos y colegios en los que estuve recuerdo docentes que podían pasarse varios recreos, refiriéndose a sus alumnos de formas bastante poco amables, docentes que hacían claro abuso de autoridad, que muchas veces incluso provocaban situaciones harto violentas de las que terminaban saliendo como víctimas. (La violencia no siempre consiste en dar puñetes). Recuerdo consejos de profesores donde el principal tema que se discutía era el largo de la falda de las niñas, y en medio de esa misma discusión, oír a profesores hacer chistes groseros y sentirse muy inteligentes y muy graciosos por su ocurrencia. Recuerdo profesores que no toleraban el cuestionamiento de su autoridad y que gustaban de ocupar adjetivos como “inútiles”, “sin remedio”, “retrasados”, “monos”, “poblacionales” a la hora de hablar de sus tan queridos educandos. Recuerdo numerosas situaciones de humillación pública de estudiantes, respaldadas por buena parte del cuerpo docente. La irritación y la impaciencia eran sentimientos habituales entre los educadores.

El análisis más a mano es obviamente que todo este maltrato y esta violencia no era más que producto de la frustración y del estrés laboral de los docentes. Sin embargo, en contra de este pronóstico, también tuve el privilegio de presenciar al segundo tipo de profes que marcaban una importante diferencia: eran capaces de encantar alumnos en las situaciones más adversas, lograban interesarlos en la música formando orquestas, bandas, grupos; en la historia, con alocuciones llenas de anécdota, de fuerza, de interés. Vi incluso a un profesor cautivar a los “sin remedio” en su clase de matemática. Y no eran precisamente profesores que abogaran por esa teoría absurda de la vocación que trabaja gratis o por poco, todo lo contrario, estaban plenamente conscientes de la necesidad de mejorar las condiciones laborales. Pero la gran diferencia es que tal preocupación (o frustración) no irradiaba a sus alumnos con alguna clase de maltrato. Tampoco era la clase de profe-amigo que sostiene una relación horizontal que el niño o el adolescente huele a cien metros y de la que oportunamente hace uso a su favor. Eran profes respetados, pero lo eran básicamente porque sabían respetar y además, algo fundamental, estaban enamorados de lo que enseñaban.

Cabe decir que la educación autoritaria y violenta no es patrimonio de ese grupo no menor de profes, sino que a mi parecer es algo que está instalado en el fondo de la cultura chilena. Y es por esa misma razón que creo que es tan importante que el profesorado no sólo cuestione las bases económicas de este sistema deshumanizante, sino también aquellas que los convierten a ellos en perpetuadores del mismo.

Entonces creo que también es justo y necesario hacer hincapié en que la pega de profe no es para cualquiera. Y no es para cualquiera, incluso en el hipotético caso de que recibieran una excelente remuneración. Ni siquiera se puede asegurar calidad humana y académica subiendo el puntaje para entrar a la carrera. (Hay mucho ser humano circulando por ahí, cargando un master en la mano derecha y un doctorado en la izquierda pero con el cerebro vacío y el corazón seco). Porque un profe tiene que ser un agente de cambio y no un perpetuador. Tiene que saber que las nuevas generaciones ya no responden al varillazo, ni al maltrato, ni siquiera a la tonta anotación. Que el que enseña en el mundo de hoy, tiene que permitir el cuestionamiento y no sólo permitirlo sino alentarlo porque entiende que el saber es una construcción social colaborativa y que el educador es un eslabón más. Que el respeto se gana respetando y que no viene por defecto en razón de su titularidad. Que si no posee el carácter, la impronta, las ganas, la fuerza, la sabiduría y al mismo tiempo la humildad que se requiere para enseñar, entonces simplemente vino por el camino equivocado. Puedo dar fe de haber visto cabros bravísimos, con historias familiares de pesadilla, tratar con lealtad y con respeto a esos profesores que supieron cómo hacerla. Cuya vocación, inteligencia y pasión los inspiraron con los mejores recursos al momento de enseñar. Porque de eso se trata. (De lo contrario, colega, a otra cosa mariposa).


Es decir, que ojalá que su lucha por transformar pase por las calles y tenga los mejores resultados, pero que también pase diariamente por sus salas de clase. Que esos profes que marcan diferencia, puedan ser en un futuro no tan lejano, más regla y menos excepción.

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