Pola Núñez

Conocí a la Pola por el año 92. Estudiamos castellano en la católica, ella iba un año más abajo. La conocí porque con un grupo de amigos hicimos una especie de golpe de estado del centro de alumnos porque no había listas ni nadie interesado en tomar el lugar. Con manifiesto y todo nos empezamos a juntar en el espacio frente a la fotocopiadora, una pieza chica de suelo de madera con una mesa y algo así como una estantería. Teníamos también un anafe donde hacíamos café y vino navegado. Más que nada conversábamos y tomábamos cerveza. Armábamos de vez en cuando lecturas de poesía en el patio central y tuvimos una que otra incursión con obras de teatro de Radrigán. Con la Pola no éramos por entonces muy cercanas. Ella era una chica matea, estudiosa y a mí ese perfil siempre me ha dado un poco de susto porque históricamente he estado más bien del lado opuesto. Era yo de las que capeaba clase y le ponía presencia como corresponde sólo a un par de profes: Hagel e Ibarra. 

Alguna vez ella me integró de puro gentil a un grupo para hacer un trabajo sobre Bioy Casares y su novela La invención de Morel. Como era yo perezosa pero no barsa, le puse harto color con el trabajo así que nos sacamos buena nota. Por la Pola conocí a Bioy y también a Boris Vian, que hasta ese momento, ni en pelea de perros. Ella los amaba y desde entonces yo también. Después que terminamos la universidad no la volví a ver hasta que nos encontramos en un trabajo de corrección de textos. Era una editorial que publicaba textos legales, códigos, leyes, normativas. Copiaba sus libros casi íntegramente de la Andrés Bello. Es decir, se tomaba un libro editado por la Andrés Bello y se entregaba a una digitadora profesional para que lo transcribiera en el compu. Cuento aparte, esas minas transcribían a lo bestia, ni siquiera miraban la pantalla, transcribían y hasta conversaban o se pegaban su canto siguiendo algún tema romántico de la radio Pudahuel. Después llegaba a nosotras (a la Pola que era la jefa, a mí y a una tercera que siempre era nueva) para que le corrigiéramos errores de tipeo. Si teníamos dudas con las actualizaciones de las leyes teníamos que ir a un mueble lleno de Diarios Oficiales y buscar por fecha. No había todavía internet ni pdf ni búsquedas avanzadas. Pero sí muchos diarios arrumbados en el polvo y las telarañas. Entre corrección y corrección empezamos a conversar. Su perfil de chica matea se me fue reconfigurando en una mina inteligente, sencilla y con cero aires de nada. La Pola sabía un montón de literatura, pero su conocimiento no tenía intenciones de estatus, ni de hermetismo, ni de formar parte de una cofradía secreta que la humanidad no entiende. Claramente era su pasión, la lectura la envolvía, era una cautiva de los libros, una adherente casi religiosa de la narrativa, del ensayo, de la escritura. Así que en ese lugar hacía más bien de extranjera, un trabajo que le servía de consuelo momentáneo para conjugar la necesidad de sobrevivencia con estar en contacto con las letras, aunque fuera en esa oficina de Macul regentada por una rubia de unos cincuenta años casada con un boxeador a quienes de vez en cuando les escuchábamos sus peleas a grito pelado sacándose en cara quién sabe qué. Ese cuarto que tenía por todos lados recortes de diario que noticiaban al boxeador en cuestión y en cuya imprenta además de códigos pirateados se imprimían revistas porno y réplicas de cuadros famosos en offset. Cuando no estaban ni la rubia ni el boxeador, los señores de la imprenta nos dejaban elegir algunas réplicas a cambio de un poco de dinero. El gremio de las digitadoras y las correctoras nos íbamos felices. La Pola se llevó una de Van Gogh, una de Monet y otra de Chagall. 

Cuando llevaba menos de un año me fui de ahí y dejé de verla nuevamente hasta encontrarla cuando trabajaba de editora en la Random House. Por más de diez años estuvo la Pola editando libros ahí. Todo lo que siempre amó se conjugó en ese lugar donde circulaban escritores de diversa naturaleza y con los que tuvo que conversar y trabajar y leer y releer. Y la Pola siguió siendo la misma: la mina conversadora, brillante, amante de los libros a la vez que crítica con ese universo particular. Decía que odiaba un poco a los escritores y su ego medio destemplado (excepto a su querido amigo Germán Marín que era de los pocos que según decía, no tenía deuda con el prototipo), pero que de todos modos no le importaba, que era el precio que había que pagar por la buena literatura. Así era la Pola, tenía sus opiniones, claras y tajantes, pero su generosidad y buena leche siempre estaban por encima de cualquier cosa. Porque la Pola era de esas personas que amaba la literatura sin que se le respingara la nariz. Era de las que entendían la escritura como objeto cultural, de trascendencia, de saber, de conocimiento. De sustancia imprescindible, de importancia inobjetable. Y tuvo miedo de convertirse ella misma en una escritora. Hizo algunos tímidos intentos que maltrató un poco (casi no los mostraba) pero desistió como todo buen editor que sabe que su lugar no está en escribir los libros sino en colaborar con que vean la luz de la mejor manera. Un amor que le transmitió también a sus dos hijos quienes jugaban a “que vendían libros en un puesto” y armaban en el comedor de la casa una vitrina con los libros que la Pola tenía por montones. Esos niños crecieron entremedio de los libros en los que su madre navegaba. Ella les dejó su sello amoroso simbolizado en sus infinitas lecturas, en sus innumerables viajes por la palabra.

Hace unos años la Pola ya no estuvo más. Había iniciado su propia editorial con Mariana Hales, una de sus mejores amigas y todo marchaba bien. Pero tuvo un aneurisma cerebral del que no se volvió a despertar. Por casi un mes las personas que la querían esperaron a la salida del hospital una mejoría que nunca llegó. Yo no estuve más que en dos ocasiones. Socializar se me hacía por ese entonces -y hasta el día de hoy- medio doloroso y sólo lo lograba en la intimidad de la conversación del uno a uno tal como lo hacía con la Pola. (Y era tan fácil estar con ella y oír sus historias. Tan fácil quererla y sentirse querida). Pero pagué el precio al no enterarme del día de su muerte ni estar en su entierro. 

Después soñé por mucho tiempo con ella. Que le preocupaba su libro que estaba por publicarse, que se lo quería dedicar a sus amigas Mariana y Jorgelina (un libro interesantísimo llamado “De una idea a un libro” donde habla de todo el proceso de editar en base a su experticia y experiencia en el tema); que iba a nacer de nuevo en otro lugar, que estaba triste por sus hijos. A veces la veía apesumbrada, otras veces hermosa, con su pelo brillante, su sonrisa y sus ojos abiertos. Muchas intenté buscarle explicación a su muerte. Qué era eso de morirse así no más. Que alguien querido un día desaparezca de nuestro paisaje y tengamos que resignarnos sin entender a no verla más. Que ya no pueda visitarla más en su oficina del Tintero de las musas para conversar, tomarnos un café, hablar de libros, de lo que pasaba, de amores perdidos y de amores encontrados; ella de sus hijos y yo de mi hija. De haberme sentido tan hija de puta por no haber estado más en sus últimos días, pero a la vez saber que ella me conocía y que era de esas personas que quieren también tu lado torpe y huraño. Todavía pienso mucho en ella. Y la imagen es siempre la misma: ella sonriente, a punto de que saliéramos a almorzar o a tomarnos un café. Ordenando su cartera para después ponérsela cruzada. Y detrás de ella, los libros. Siempre los libros. (Te lo debía, Polita).

Comentarios