Monjas

Cuando recuerdo a las monjas del colegio donde estudié, la primera imagen que se me aparece es la de mi profesora de matemáticas, la madre Ana, tirándome las orejas. Nos estaba enseñando a dividir por dos números y yo no comprendía su explicación en la pizarra. Entonces me puse a hojear el libro a ver si podía encontrar alguna otra forma de explicar las cosas. No la encontré y entonces exclamé en voz alta que no entendía. La madre Ana me oyó y se acercó a mi banco. Al ver que estaba buscando en el libro me dijo que cómo iba a entender si estaba mirando las musarañas y me agarró una de las orejas y me las tiró tan fuerte que sentí como se me ponían rojas y calientes. El resto de la clase ya no me atreví a hacer más declaraciones.

En general, había dos clases de monja: las del tipo madre Ana, autoritarias, impacientes, iracundas, buenas para los tirones de orejas, para los reglazos en el culo y para mandarnos al rincón mirando a la pared. El otro tipo, era el de las monjas que parecían tener conexión directa con dios: angelicales, pacientes, amorosas hasta la tontería, cariñosas con sus pupilas; cada tanto, al rezar o al entonar un himno del cancionero santo, se les veía entrar en una especie de éxtasis amoroso, con los ojos cerrados y los labios sonrientes, sumados a sus pieles blancas casi transparentes que por esa época se suponían sin suspicacia alguna, virginales. La que más recuerdo con esas características se llamaba madre Felicia. Por supuesto, simpatizaba más con el segundo tipo, no obstante en un punto percibía esos aspavientos como algo atemorizante. O preocupante.

Pero a veces, llegaba alguna que parecía ser una versión más semejante a un ser humano cabal, un tipo de monja que solía no quedarse por mucho tiempo, pero cuya corta estadía dejaba impresa alguna buena frase o un gesto amable que se salía de esas dos variantes grandilocuentes.

El mismo año en que las matemáticas me las enseñaba la madre Ana, el ramo de castellano lo daba la madre Pilar. Así como no era buena en matemáticas, tampoco lo era en castellano (en realidad siempre estuve peleada con las notas en el colegio), pero definitivamente me sentía más a gusto con la segunda. Un día, después de terminada su clase, la madre Pilar se me acercó y me dijo que me quedara con ella en el recreo. Yo entendí que era un castigo, me puse muy nerviosa y me quedé esperando los sucesos. Cuando uno se educa en un colegio de monjas tiende a pensarse a sí misma como una culpable permanente, no importa que seas una niña y no exista ni una sola falta digna de pagarse: baste con el pecado original. Entonces, cuando todas mis compañeras habían salido al recreo, la madre se me acerca y me pide que abra mi libro en una página al azar y que lea en voz alta. Más perturbada que con el tirón de orejas, busqué un texto que no recuerdo y me puse a leer. Rápido, sin pausa, pensando en qué me estaba metiendo si a la madre no le gustaba cómo lo hacía. Cuando me indicó que parara, me quedó mirando un buen rato o que a mí me lo pareció. Me felicitó diciendo que “para mi edad” leía muy bien, que se sentía orgullosa de mí. Después, me regaló un rosario, tejido con mostacillas de color amarillo que formaban un collar y una cruz. Mi expectativa de escarmiento se convertía en ese regalo que me pareció tan lindo. No me acuerdo si lo mostré en el colegio, pero cuando se lo llevé a mi mamá, ella me dijo que era algo muy valioso, que seguramente la misma monja lo había hecho con sus manos, que esa mostacilla era muy cara y me felicitó también por eso de leer bien. Anduve todo el día como en las nubes, recordando una y otra vez el episodio, dejando que se repitieran en mi cabeza cada palabra que la madre Pilar me dedicó. No creo haber conservado por mucho tiempo el rosario, probablemente terminó en alguna caja donde iban a dar los objetos sin destino. A la madre Pilar la trasladaron y la madre Ana siguió siendo mi profesora jefe por varios años. Pero cuando evoco esos dos rostros, se me dibuja mucho mejor el de la madre Pilar.


(A propósito de un ejercicio de absolución sugerido por G.C)

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