Memoria

Cuando uno no se cree mucho el cuento de la familia feliz tiende a aguzar la vista en aquellos episodios que de alguna manera pudieran explicar o bien nos permitan construir un mapa de ciertos porqué de la vida personal a los que uno no se resigna. Más allá de la ayuda de algún especialista en los laberintos de la psiquis (algo mojigatos para mi gusto) siempre me ha parecido interesante escuchar esas historias que afloran cuando nuestro padre, madre o alguna tía o abuela, bajan la guardia. En ese justo momento en que asoman piezas perdidas de algún secreto non sancto, de alguna anécdota gris, de un episodio contado y más adelante nerviosamente rectificado. Como si por momentos, el grueso manto de la negación se cansara de cubrir lo innombrable y sintiera la necesidad urgente de activar esos labios silenciados. Ese impulso tan breve y a la vez tan contundente que llega como regalo inesperado y también como una sutil arma para defendernos de las mañas de la desmemoria.

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