Lucha de clases

Anoche a las dos de la mañana en un paradero de la Plaza Italia, un tipo de pelo largo, amarrado, con una botella de vino en la mano, empuja a otros tipos a la calle, desde la orilla de la vereda. Los insulta, les dice “váyanse de aquí conchasdesumadre”, “cuicos culiados”, “vuelvanse a Plaza Italia para arriba”. El tipo está sólo y se pelea con un grupo bastante grande de hombres y de mujeres (unos 8 o 9). Les dice “no los masacramos aquí mismo por respeto, pero ustedes nos masacran todos los días”, “Nos masacran la salud, nos masacran la educación” y lanzaba frases medio inconexas que aludían a las siete familias. Sus contrincantes claramente no eran buenos para el combo. Se defendían apenas, se ponían colorados, tímidos. Tampoco tenían un aspecto tan claro de ser hijos de las siete familias, lucían bastante normales, aunque algunos de ellos tenían el rubio natural, alguna chica menudita de collarcitos en línea y aro perla y quizá cierto aire opus pero nunca tanto. Cabe también la posibilidad de que los estuviéramos mirando a través de los ojos de ese Che improvisado que no paraba de dar su discurso. Porque técnicamente estaban a las dos de la mañana esperando micro igual que todos, es decir, ninguno de ellos circulaba en el auto de papi o en su regalo de graduación de colegio congregado. Estaban perturbados eso sí y parecían sentir cierta culpa, cierta vergüenza de lo que el tipo les espetaba. Cierto orgullo quizás al mismo tiempo. O tal vez pura y simple incomodidad. 

Pero en lo que uno no podía dejar de fijarse, era que el joven combatiente no tenía digamos que aspecto de venir de la pobreza o de la dificultad económica. De hacer fila en la posta central o haberse educado en algún liceo de La Pintana, pongámosle. Tenía más bien aspecto de un chico bien alimentado, atendido en clínicas privadas y probablemente graduado de un colegio de buen índice PSU (cara de Vitacura me dijo mi novio). Es decir que nadie era ahí tan siete familias y nadie era ahí tan ciudadano de derecho vulnerado. Pero la pelea estaba, se desarrollaba y esgrimía un discurso de lucha de clases, de revolución, de explotación del hombre por el hombre. Nosotros mirábamos, intentando encontrar en qué partícula de todas esas personas, se sostenía el símbolo. En qué punto se trataba realmente de lo que parecía tratarse la escena. La discusión siguió por un rato, sin más variantes; el tipo continuaba disparando titulares de diario de izquierda y no hubo más violencia que caballerosos empujones. Primero pasó la micro que le servía a la oligarquía. Después pasó la micro que le servía al proletariado. Mucho después la que nos servía a nosotros. Y en el paradero quedaron los perros, esos que le ladran a los taxis.

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