Libros

Nunca fui bibliófila y quizás sea porque como lectora soy más bien caótica. Difícilmente retengo nombres, soy mala para las ciencias del dato duro y casi siempre recuerdo sólo los argumentos o las “moralejas” de las historias leídas, las más de las veces cuentos y algunas novelas a las que vuelvo una y otra vez y que además tienen poco o nada que ver entre ellas. Pero entiendo el sentido bibliófilo y por esa razón dejé de pedir libros a las amigas o a los amigos. Porque cuando me los prestaban, de alguna manera los arruinaba; desde manchas de café, jugo, salsa de tomates hasta incluso un libro (El caminante de Hermann Hesse) cuyos bordes se comieron unos ratones, heredados de un experimento de mi hermana que por entonces estudiaba psicología. Me pasé varias semanas buscando la misma edición para poder reponer el préstamo. Bastante avergonzada, le llevé mi confesión y el libro comido (literalmente por ratones de biblioteca) y el nuevo, que era claramente una edición muy distinta. El tipo fue benevolente, creo que hasta se rio y me preguntó para qué le había comprado uno nuevo. Me permitió quedarme con el que devastaron mis roedores, no lo suficiente como para no terminar de leerlo.
Y creo que en asunto de libros siempre he sido una extranjera. Si bien la mayor parte del tiempo hay algún tomo esperando en mi mesita de noche nunca me he sentido parte de la tribu de lectores ávidos ni en hábitos ni en acervo. Recuerdo además que cuando entré a estudiar castellano en la Universidad, fui el terror de las bibliotecas, porque en todas debía libros. Los perdía, los dejaba olvidados en casas a las que no volví, en la micro, en la plaza, pero no por falta de cariño sino más bien por puro despiste. Tuve que pagar decenas de multas para recuperar ese derecho, incluso para poder dar el examen de título. A eso se sumaba que la mayor parte del tiempo sentía ganas de desaparecer de todas esas conversaciones llenas de citas de mis compañeros que parecían haber dado sus primeros pasos dentro de una biblioteca. Que discutían de igual a igual con los profesores mientras yo rezaba para volverme invisible y no tener que responder preguntas ni explicar qué entendía por creacionismo. Que me arrancaba de las disertaciones que tenía que dar sobre movimientos literarios, ganándome notas 1 varias veces al mes. Y a decir verdad mi experiencia con las bibliotecas se limitaba básicamente a los 4 tomos de la Enciclopedia General Sopena en casa de mis padres, y a las revistas Reader´s Digest, Vanidades y Cosmopolitan que me iba a leer al segundo piso de la casa de mis tías en las tardes de sábado. También había leído en el colegio, y mal no me iba con eso, pero citar Martín Rivas, Pregúntale a Alicia o El Lazarillo de Tormes era un despropósito en ese universo bibliográfico que me llevaba digamos que unos doscientos años. O unos doscientos tomos.
Pero quiero a los libros, quizás más como imprentera que como los quiere por ejemplo, un editor o un escritor disciplinado. Más como una amante ocasional que como una esposa fiel. Porque así como suelo perder los ajenos también pierdo los míos. Los presto y me olvido para siempre a quien. O de alguna manera espero que las bibliotecas fueran un sitio en movimiento en que todos prestan y todos reciben y nadie los retiene y están siempre en eterna circulación. Pero de cualquier manera espero tener siempre alguno cerca. Uno que pueda leer, rayar, perder, hacerle anotaciones al pie y de tanto en tanto, dibujitos con manchas de café.

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