Lanzamiento al arena

Cuando era chica vivía en un pasaje de 4 casas en la calle Los olmos. En cada casa vivía una familia y cada una tenía tres hijos o hijas. Pero tres. Así que entre todos hacíamos una pandilla de 12 que se juntaba casi todos los días a jugar, a andar en bicicleta en círculos, a jugar al tombo, al compra huevos, a la pinta, a la pinta con pareja, a la escondida, a la piedra o a las bolitas aunque ese era juego de hombres. O simplemente andábamos dando vueltas por ahí, siempre con el límite de la reja que cerraba el pasaje y que era de color verde paco.
En una ocasión, los Espinoza, decidieron hacerle una ampliación a la casa. Entonces su patio de atrás apareció un día con un montón de arena formando un cerro de atractiva altura para alguien que tiene seis años. Cuando llegó la hora en que salíamos a jugar, todos los sub 12 del pasaje hicieron una fila, tomando una considerable distancia del cerro. El que la encabezaba, tomaba vuelo, corría muy rápido y justo un poco antes de estar en el cerro se daba un buen impulso y se lanzaba contra la arena. Quedaba completamente abrazado a la tierra por un buen rato hasta que se levantaba y corría a hacer la fila de nuevo para esperar que se repitiera su turno.
Mi madre me advirtió que no podía jugar porque me iba a ensuciar la ropa. Que la arena la manchaba y que después no la iba a poder sacar ni con Rinso.
Me quedé mirando un buen rato como los otros hacían fila y se lanzaban, hacían fila y se lanzaban. Como las manos, la cara, los mocos, la ropa, se les iban llenado de tierra. Y toda esa escena de niños corriendo y quedando completamente abrazados con la arena se veía tan bien.
Entonces se me ocurrió un plan. Pensé que si me ponía una ropa que ya estaba sucia mi mamá no se iba a enojar y así podía ponerme a la fila. Fui a la casa, golpeé la puerta y me abrió mi mamá. Preferí no comentarle el plan y me fui a la pieza de atrás a sacar ropa que estaba para lavar. Mi mamá volvió a su cama a dormir la siesta y yo me saqué la jardinera rosada de barquito y me puse un pantalón azul y una polera blanca.
Salí a la calle y me puse a la fila. Cuando me tocó, tomé impulso, corrí, me lancé y quedé abrazada a la arena. Me sentía muy bien. Tan bien, que cuando me acuerdo de este episodio siempre se me olvida que después, me llegó. Pero que nadie me quitaba los más de veinte lanzamientos de cuerpo a la arena que me hice esa tarde.

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