La importancia del cartón

En esta época de reformas educacionales y de la siempre permanente preocupación por la importancia de la formación para que haya movilidad social y cada vez que escucho las vehementes afirmaciones en favor de que la gente “estudie” o se “profesionalice”, no puedo evitar disentir de varias maneras.

La primera, es que se da por sentado que la única forma que tiene la gente de mejorar sus condiciones económicas es estudiar; eso supone que quienes no atravesaron (o no atravesarán) el Olimpo de la educación formal, escolar o universitaria deberán asumir un destino fatal de sueldo mínimo y todas las consecuencias lógicas de una pobrísima calidad de vida. En mi opinión, lo que debiera conversarse en realidad, es de lo mal que está estimado, en general, el trabajo, con la excusa de que la gente está más o menos especializada; no importa que alguien se deslome trabajando, que lo haga en horarios que se saltan todas las convenciones, que sean trabajos que terminen arruinando cualquier intención de vida familiar, cultural o espiritual, trabajos donde la gente se enferma, donde la gente se muere de tanto regalar la vida por dos chauchas. Podríamos hacer incluso un ejercicio de lógica no tan inversa y declarar, por ejemplo, que un médico o un profesor universitario debieran ganar menos que un junior u obrero de fábrica, en razón del desgaste moral, físico y espiritual que tales actividades generan. Por otra parte, la educación formal o informal, es algo que debiéramos buscar o recibir per se y no en función de lo que ella significa en cuanto a la nómina de nuestro sueldo. El trabajo, creo, debiera ser un bien valorado en sí mismo y no en cuanto a su especialización formal. Darle más de la mitad de la vida al trabajo, cualquiera sea su naturaleza, debiera ser ineludiblemente bien compensado.

Por otra parte, y quizás en la misma línea, siempre me ha incomodado la sobrevaloración del cartón; básicamente porque tanto entre “profesionales” como “no profesionales” he conocido gente muy preparada y gente muy mediocre, probablemente en la misma proporción. Y como además soy una devota incondicional de los oficios, del ejercicio autodidacta y de la autoformación me causa una grata sensación encontrar gente que se autoformó en algún saber que además, fue plenamente escogido (más de lo que muchos profesionales pueden decir): que llenaron cuadernos de anotaciones estudiando libros sagrados, que inventaron mecanismos y soluciones inimaginables para un experto en base a la creatividad y el ingenio; que ocuparon todo su poco tiempo disponible visitando bibliotecas barriales, alimentándose de grandes palabras, ampliando voluntariamente sus horizontes de fábrica; o bien, personajes de la historia cuya grandeza se forjó muy lejos de las aulas o derechamente expulsados de ellas: gente común y gente destacada que nunca tuvo más credenciales que su quehacer callado, meticuloso y perseverante y su impulso por rebelarse al determinismo trágico de la no educación.


Creo, en definitiva, que por una parte la prosperidad es un derecho que debiera ser inherente a nuestro trabajo. A todos los trabajos. Que la formación, debiera tener en nuestras vidas una existencia propia y no ser una condición que determine cómo va a ser nuestra vida económica. Que el saber y el conocimiento, en ejercicio o en reposo, más que un determinante de la liquidación mensual, debiera ser el alimento imprescindible de nuestro animal espiritual y cuya valoración y estima se asocie a las personas por sobre cualquier clase de documento, timbre o membrete.

Comentarios