La barra pop letrada

La barra pop letrada es una máquina detectora de fallas, que se siente piadosamente conminada a denunciar la mácula, el error, la inconsistencia. Orgullosa señala la falta de punto y la falta de coma, la fecha mal consignada, el dato errático, el detalle equívoco. La barra pop letrada podría derribar al más bello de los pájaros por una sola pluma desalineada.

Suele ser público incondicional del artista al que llena de condiciones; a viva voz aboga por la libertad creativa pero se sobresalta con el cambio de rumbo, con el desvío del propósito, con el extravío de la pincelada, de la letra, de la nota musical. Es un agente pulcro de la estabilidad, que puntualmente cobra factura, exige explicaciones, señala iracunda la inconsecuencia con su dedo índice apuntando el manifiesto.

Tiene entre sus tesoros escondidos la experticia de un conocimiento inútil que le permite discutir el desborde y la contradicción, argumentar la linealidad, esgrimir la métrica bíblica, la medida de manual. Muy lejos del taciturno cazador de universos, del observador callado de lo que se nos esconde, venera artificiosa la ciencia y la razón; asentada en sus paredes infranqueables arremete contra todo conocimiento que venga del instinto o de la intuición, olvidando en sus delirios de grandeza que todo saber humano es siempre fe y es siempre religión. Ebria de prejuicios, asalta al prejuicioso, jactándose de objetividad.

La barra pop letrada es un niño estudioso, dotado de buena memoria, que venga su invalidez de alas en el bosque frondoso de un otro al que quisiera fosilizar, detener, coleccionar. Es un funcionario con un don de dibujante que perdió en la obediencia, un académico con talento de escritor que se diluyó en el beneplácito, un pintor entumido que abandonó sus colores en el cajón. Un ser mezquino y chiquito, condescendiente de castración, que intimida con sus dientes, análogas respuestas. Es un rebelde que huyó al primer disparo, que renunció a la primera campanada, que renegó de su pulso y su sangre al oír el toque de Diana. Como malherido tañe gruñidos y lamentos con evidencias de extinto.


Es un pajarito hambriento al que le robaron la voz, un diente afilado dispuesto a hincarse y derrumbar el descollado, una sombra triste, una línea curva atormentada de tradición, un corazón sediento que no da agua, un caníbal de la luz.

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