Javi

Recuerdo que cuando te creció por segunda vez el pelo se formó en tu cabecita pequeña y perfecta una línea punky que se levantaba insolente cada vez que te sacaba los gorritos de lana y encaje. Que tus dos primeros dientes fueron unos colmillos diminutos con los que afinabas una sonrisa plena dedicada con generosidad infante a las tías, a las vecinas, a las señoras y a sus morisquetas. Que nunca le tuviste miedo al mar, que te abalanzabas hacia las olas con tu traje de baño de flores y cuadraditos rosados, cambiando de un momento a otro el balde, la pala y el castillo, por los remolinos espumosos desde donde salías con tu pelo despeinado de sal.
Que en todos los lugares en que vivimos siempre sabía que estabas cerca porque oía tus exclamaciones de pequeña d'artagnana alentando a sus huestes a seguir corriendo por el pasaje. Que bailabas con tus amigas la coreografía de Axé Bahía dando pasitos leves con tu pelo liso arremolinado entre danzas y manivelas. (Que después de Axé Bahía fue la coreografía de Bjork y luego una larga retahíla de sonidos, canciones, bandas, una colección de citas musicales guardadas con fervor melómano en computadores, cd, discos duros, habitantes de toda la casa). Que cuando en La Serena tuviste que dejar a regañadientes el chupete pasaste varios días persiguiendo a un gato negro al que bautizaste como “Gato Amigo” y lo correteabas, lo tomabas, lo abrazabas a tu Gato Amigo mientras él trataba de escurrirse sin conseguirlo y que para sorpresa de todos, no hizo ni un mínimo intento de rasguño. (Y hoy cada vez que llegas lo primero que dices es dónde está el gato con la misma voz de niña con que decías “Gato Amigo”).
Que te gustaba elegir tus vestidos desde los cuatro años, que te sabías de memoria los diálogos de El rey León y que llorabas con tanta pena cuando se moría su papá. Que te gustaba que te llevara a la Universidad donde conversabas con mis compañeras y les comentabas el video del Topo Gigio y de su novia donde cantaban una canción de “amol”. Que íbamos después a las canchas de pasto y correteabas a los queltehues y abrazabas el agua del riego que te mojaba de pies a cabeza para después seguir corriendo y dejar que el sol hiciera su trabajo.
Que te salías de la cuna cuando yo ya te creía dormida, con una sonrisa de oreja a oreja, lista para seguir jugando en pijama. Que lideraste una huida masiva de niñas y de niños que en fila te seguían a la puerta de calle, camino a la libertad, en el jardín Molinitos, donde dibujabas barcos llenos de piratas y pájaros y mariposas de plasticina. Que no te gustaron los boy scout. Que a veces entrabas a un lugar con las manos en jarra, preguntando “¿qué ´ignifica esto?” Que solías acompañarme a mis clases de profesora, donde llenabas muy seriamente los mismos papeles que yo, para luego escribir tu nombre y tu apellido con tiza de colores. Que un día, mientras explicaba el término excluido, todas las miradas se volcaron hacia esa niña que aburrida de llenar papeles se había acostado en el suelo y miraba al cielo con sus pies, cantando despacito Adtudo Pdat en su pequeño badco.
Que todavía hoy eres un poquito esa niña. La que empapela de música sus paredes y sus oídos. Y ahora persigues a la Huga para llevarla a dormir contigo. Paseas por los parques y los dibujos son parte de tus días. Y alguna tarde pones los videos de Topo Gigio y te ríes y cantas en el bosque de la China, la chinita se perdió. Todavía eres un poco esa niña. La que anda buscando abrir la puerta de un mundo que a veces le queda chiquito, pero que igualmente deja que el sol haga su trabajo.

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