Instructora de yoga

En mi cruzada permanente por la salud espiritual para que mejore la material, me inscribo en una clase de Yoga Kundalini. Llego justo a las 7 de la tarde, horario que se consignaba en la invitación. Conmigo también llega la instructora y no hay nadie más. Así, en primera instancia se materializa mi miedo de ser la única integrante del taller (del taller, del curso, de la reunión) y no tener eventualmente la posibilidad de desaparecer tras el prójimo en posibles llamados a la participación de alguna actividad no apta para tímidos o bien de salir huyendo en caso de que durante los primeros diez minutos sienta tal necesidad. Pero la chica tiene a sus adeptos y conforme se acercan las 19:30 –la verdadera hora de la cita- unas 6 o 7 personas se saludan con la amabilidad de quienes comparten hace un buen rato una actividad común sin pasarse a la línea de la amistad. La instructora está lista y dispuesta con su traje blanco en su delgado cuerpo y su turbante, también blanco, montado en su pequeña cabeza.

La clase comienza. Los consabidos ejercicios iniciales de relajación, algunos cánticos breves en sánscrito y formas lunares y solares de respirar; la primera para calmarse, la segunda para energizarse, según explica en su tono de alma en evolución. Tomo nota. (La respiración es un ejercicio que olvido cada tanto, realizar). Entonces nos pide que hagamos la posición de “la roca”, que consiste en sentarse sobre las pantorrillas. Seguidamente, debemos alzar los brazos hacia arriba para luego estirarlos y contraerlos al ritmo de dos sílabas, también sánscritas, que olvidé. Y aquí es donde se inicia mi Kali Yuga (o edad oscura). Porque de un tiempo a esta parte cada tanto unos calambres bastantes dolorosos pernoctan sin mi permiso, justo en mis pantorrillas. Y el dolor que siento al hacer la roca me llena de gotitas de sudor y de súplicas internas a Krishna para que el ejercicio se termine pronto. Pero de todos los ejercicios hechos hasta la media hora que lleva la sesión, este es el más largo -aunque podría tratarse más bien de mi tiempo interno-por lo que desisto a seguir en modo peñón, bajo los brazos y me siento cómodamente para detener la sensación.

Entonces escucho a la instructora decir con fuerza de mantram declamado en el Himalaya: “Sólo son tus brazos”, “sólo es tu cuerpo” y como todos mis compañeros/as permanecen sin problemas en su meditación pétrea, deduje que se refería a mí. Si hubiera tenido 18 años probablemente hubiera respondido obedientemente a ese mensaje autoritario con ínfulas de trascendente y me hubiera sentado sobre mis piernas dolidas como cura libidinoso aplicándose cilicio. Como tengo bastante más que eso, seguí atendiendo a mi cuerpo- que mi mente está bastante lejos de dominar-. Y cuando la instrucción del siguiente ejercicio fue no rascarse si se sentía la necesidad ni atender a ni una otra clase de requerimiento corpóreo análogo, terminé de decidir que esa sería mi primera y última sesión.

Pero un último detalle llamó también mi atención: esta fémina de impecable turbante y voz de cuenco tibetano, revisó durante toda la sesión su modernísimo teléfono móvil. Cuando la concurrencia cerraba los ojos, (menos yo, que esas alturas sólo pensaba en cuando sería la hora de término), ella atendía a los requerimientos del Whatsapp; quizá si era Shiva o el mismísimo Brahman fijando algún encuentro etéreo en algún plano sutil. O el dios Ganesha, enviándole sus mejores retratos de perfil o un joven Krishna, invitándola a alguna sesión amatoria de 45 días y 45 noches.

O ciertamente, algo mucho más profano. Como el dolor de mis piernas.

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