Desobediencia tecnológica

El concepto “desobediencia tecnológica” fue utilizado por el cubano Ernesto Oroza, tiempo después de que Cuba entrara (a inicios de los 90) en el denominado “periodo especial”, una etapa de fuerte crisis económica, que se inicia junto con el fin del subsidio recibido de la Unión Soviética y producto de su desintegración.

En este contexto de crisis y a falta de importaciones y también de producción nacional, el gobierno cubano publica el llamado Libro de la familia, a través del cual se entrega una serie de conocimientos con el fin de desarrollar soluciones aplicables a medios de transporte, alimentación, vestuario, etc. Más tarde publicará Con nuestros propios esfuerzos, donde se recopilan las iniciativas prácticas desarrolladas por cubanos, basadas en El libro de la familia pero con nuevos aportes incorporados.

Este periodo interesó a Oroza, quien recopiló, estudió y fotografió la gran cantidad de objetos nacidos desde la creatividad y la improvisación de los cubanos que se vieron empujados a echar mano de todos sus recursos inventivos, reparando y reutilizando incluso más allá de lo que el propio gobierno se había propuesto; así surgieron objetos como el Rikimbili, o bicicleta a motor alimentada por una botella plástica porta gasolina, ventiladores con una base de teléfono y aspas fabricadas a partir de un disco L33, las antenas de bandejas metálicas o los decodificadores que robaban señal de radio a las emisoras estatales destinadas exclusivamente a turistas, entre otros.

Pero lo interesante no es sólo la información de la que da cuenta sino el análisis que hace del hecho: en primer lugar indica que fue posible gracias a la formación técnica y universitaria a la que una importante parte de la población había accedido; la segunda, es que los objetos tecnológicos existentes en Cuba (lavadoras, secadoras, televisores, radios) eran estandarizados, no existiendo más de dos modelos por cada uno. Esto permitía que las soluciones que iban apareciendo fueran aplicables de manera transversal. Agrega además que es importante no perderse de la idea de que esta pequeña revolución tecnológica ciudadana fue potenciada por la pobreza y la escasez; que muchas de estas iniciativas fueron criminalizadas por el gobierno de Fidel Castro cuando dejaban de ser una respuesta colectiva para convertirse en una individual, llegando este incluso a publicitar y promover el uso de objetos chinos.

Sin embargo, el concepto de “desobediencia tecnológica” se instala no sólo como un gesto de insumisión a la lógica comunista sino también a la lógica capitalista que convierte los objetos tecnológicos en objetos de mercado. Que fabrica productos cuya efímera vida útil (obsolescencia programada) obliga a los consumidores a ser parte de una cadena de compra permanente, de un consumo que no descansa y que se funda además en la pomposa idea de los objetos de “última generación” que se lanzan al mercado a una velocidad donde apenas si es posible realizar un seguimiento de esta supuesta evolución de la que nadie puede desmarcarse. Porque son objetos sin posibilidades de reparación o de reutilización. Oroza habla del hecho de tener en nuestras manos alguna clase de dispositivo moderno, un Ipad por ejemplo que se echa a perder y lo inaccesible que se presenta: no tiene tornillos, difícilmente se puede abrir y por tanto desalienta desde el inicio cualquier intento que contradiga su calidad de desechable.


Estas son algunas de las ideas centrales, Ernesto Oroza tiene una página donde analiza y desarrolla más en profundidad el tema para quien le interese. (Hay artículos y además entrevistas que le han hecho).

Comentarios