Ciper

Es raro después de leer con tanto entusiasmo los reportajes de Ciper Chile caer en la cuenta de que uno de sus financistas es Álvaro Saieh, un empresario multimillonario que controla más del 80% de Copesa, además de tener participación en bancos y supermercados. Que al mismo tiempo el medio declara y se jacta de tener el privilegio de hacer periodismo independiente, que no responde a presión alguna. Pero no voy a tirar acá el clásico manifiesto chanta para tratarlos de “vendidos al sistema” o toda esa retahíla del hablante agudo que señala la inconsecuencia ajena. Sólo que sería interesante alguna vez plantear que en realidad los periodistas no son más que otro gremio de asalariados que tarde o temprano deberán responder a su jefe. Porque no me imagino a Ciper reporteando con esa agudeza y capacidad de investigación al detalle, las irregularidades de algún conglomerado en el que Saieh toque algún pito. O de algún ejecutivo o director o persona X ligado a sus hilos.

Por otro lado, parte del problema, creo, es que los que generan el capital en este país siguen siendo esos locos de patio que viven su prosperidad con síndrome postraumático, acumulando poder y riqueza de formas absurdas, aterrorizados ante la idea de que alguien pueda expropiarles algunos de sus milloncitos ganados con tanto esfuerzo. Los demás, seguimos en la espera de que en el horizonte aparezca el mesías que va a ordenarnos el mapa y con su varita mágica va a redistribuir la riqueza. Porque ninguno o muy pocos de nosotros se siente capaz de generar capital. En parte porque en los lugares donde se nos educa nos siguen adiestrando para ser mano de obra, empleados, funcionarios de oficina. Un poco porque nosotros mismos estamos peleados con el dinero, lo tenemos muy convenientemente asociado al “mal”. Y gente sinceramente interesada en el periodismo como articuladores de diversidad, investigación y denuncia como Ciper deben quizá pensar que no les queda otra, que vendámosle algo al diablo para poder darle un poco a dios. Pasa también con iniciativas sociales, artísticas, culturales, todo el tiempo. Y no sé cuánto aplique la política del apedreo de los militantes de la superioridad moral, partido que en este país tiene sus filas llenas.


Creo que si bien siempre es necesaria la denuncia, la movilización, la increpación valiente al gobierno de turno, nos falta sobre todo tomar unas riendas más firmes: la de construir realidades, economías y sistemas desde fuertes pequeños, la de tomar alguna vez conciencia más allá del discurso, de que los sistemas los hacemos nosotros. Que eso incluye aunque suene poco romántico, generación de capital. Que es perfectamente posible permear al monstruo, agrietar sus paredes, corroer con ácido cotidiano sus dientes feroces. Pero que mientras sigamos durmiendo el sueño del pueblo que debe ser conducido, educado, esculpido por alguno que sabe más que nosotros, apenas vamos a poder asistir a nuevos cambios de mando en el eterno retorno del status quo.

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