Acerca de Camiroaga, la muerte y sus doncellas reaccionarias.

Sí, es lamentable la muerte de Camiroaga y de los otros 20. (Al final como que murieron uno o dos y no 21. Matemáticas de la televisión, ciertamente). Es lamentable porque siempre la muerte inesperada nos azota con molestias estomacales de vértigo y sensación de fragilidad, nos deja pensando, nos recuerda que nos podemos morir como moscas, que no hay derecho a réplica ni podemos elevarle solicitud alguna al Pulento. Pero más allá de las reflexiones clásicas a las que nos mueve la calva y los movimientos ebrios de su hoz inoxidable, lo que me da vuelta como pajaritos después de un impacto de cráneo de monito animado, es:

1. Las señoras llorando por el que consideraban su hijo, su hermano, su padre, su ¿novio?, ejem…bueno…quién sabe. Ese llanto desmesurado por el soltero más codiciado de Chile y de pasadita ese mensaje reaccionario que le tiraron de refilón a los estudiantes, varias de estas doñas: que dejen el odio, la violencia (¿cuál odio? ¿cuál violencia?), que la naturaleza se está llevando a los nuestros -cosa no demasiado novedosa en una país sísmico con la combinación de mal distribuido- donde la ecuación vendría siendo ¿que la violencia de los estudiantes (¿cuál violencia?) trae terremotos y caídas de aviones con famosos que van a la Isla Juan Fernández?

2. La terriblemente conveniente coincidencia entre el accidente y la reunión con los estudiantes programada justo, justo, justo al otro día. Me acuerdo de la doctrina del shock y de su principio de tomar las peores y más injustas medidas en épocas de crisis, pero sobre todo de provocar las crisis si es que éstas no aparecen oportunamente. Después de todo la exigencia del movimiento juvenil es nada más y nada menos que cambiar el sistema organizado por el capital, la gratuidad total de la educación, la nacionalización de los recursos, un cambio constitucional y un plebiscito, entre otros, que son para el Estado chileno una de las arremetidas más profundas en los últimos años, con una movilización masiva que no se ha detenido, que no negocia ni acepta cuentos y que tiene grabada a fuego la experiencia de engaño y abandono que supuso el movimiento pingüino del año 2006. Estos cabros van en serio y después de todo, un Felipito más otro menos, qué más da. Ya sé que esto recibe el nombre de teoría conspirativa. Pero sí, creo en ellas sin dramas. Como creo que los que hoy gobiernan son los mismos que no tuvieron escrúpulos en sacarles las uñas a sus compatriotas, tirarlos al mar, violar mujeres, torturar, fusilar y ni siquiera tener la compasión de que muchos lloraran a sus muertos, pues ni los cuerpos les dejaron. Qué son 21 muertos más para cumplir con el deber de salvar a la patria. Y de paso, el negocio.

3. A un amigo que osó poner en su estado Facebook (fachobuk, que le dicen) un comentario alusivo a la baja de perfil que tendría la reunión de estudiantes del día sábado, le cayó un discurso lleno de moralina en que todos estamos obligados a guardar luto, a no reclamar, a no quejarnos, con el argumento de autoridad de que en el avión iban unos familiares muy cercanos y que nada era tan natural como que todos guardásemos luto y llorásemos al unísono a los muertos famosos y por extensión a los que iban con ellos. Mierda, todos los días se mueren personas, todos los días ocurren accidentes de avión, de buses, gente atropellada, a nosotros mismos se nos van a morir nuestros seres queridos, o nosotros mismos, hoy, mañana, pasado, en unos años más y no por eso todo Chile está obligado a guardar luto o llorar respetuosamente cada día. ¿No era que no había ciudadanos de primera y segunda categoría? Por lo demás el dolor fue alguna vez un ejercicio privado o compartido en círculos familiares cuando la circunstancia lo amerita, ¿tenemos que televisarlo también?

4. Ergo. Qué pena por las familias de las víctimas, que pena por todos nosotros que tenemos la muerte encabalgada a nuestras espaldas cada puto día. Pero qué pena porque hace tanto tiempo que no había un movimiento con la fuerza, la pureza y la lucidez del movimiento actual y de nuevo la televisión manda, de nuevo dicta nuestra agenda, nuestros lutos, nuestras penas, nuestras sensibilidades. Y de un suácate nos volvemos de nuevo reaccionarios, convertimos en santo a un animador de televisión por buenmozo, simpático y alegre (las razones de la santidad son siempre extrañas) y los estudiantes empiezan a parecernos una molestia. Y si alguien se opone, no es más que un ombliguista sin sensibilidad.

Espero sinceramente, que no lo consigan, que no lo consigan de nuevo, que la muerte televisada no opaque la posibilidad de una vida a color que nos están mostrando los estudiantes y que pensamos se había muerto, con la vida de la televisión. Salud.

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