Procesión

Se amistará con ellos en noches de cerveza en el barrio Recoleta, les seguirá los pasos encima de las verduras raídas de la Vega Central, los invocará a la distancia huyendo a veces de los contactos, de sus miradas, de sus palabras que asustan como golpes de corriente, como palabras cabalgantes salidas del hígado, llenará sus vasos de vino y dará señales de vida para que no la olviden, no la expulsen de sus risas zapateadas sobre braseros viejos, no la exilien de sus verdades recitadas con guitarras partidas, en cartas de amor olvidadas en tálamos sin sábana.

Visitará sus casas, envalentonará sus rezos, recorrerá sus laberintos y besará sus manos sin dedo del corazón, alentando el purgatorio nuboso o intentando torpemente organizar el bautizo en sus casas hacinadas de piedras y de rastrillos, en sus piezas de mantas rojizas destejidas en despertares secos, en sus baños hundidos en un azulejo donde sus rostros quedan grabados para siempre, con los mismos ojos imbunches de los detenidos desaparecidos, con la boca abierta de los fantasmas venidos de pequeñas linternas, con el cuerpo encapuchado de terrores de infancia.

Regará sus pastos y limpiará los puños de sus verbos conjugados sin sujeto, los acompañará a aeropuertos y a microbuses sucios, llenando cántaros con sus aguas desafinadas y luminosas, con sus hijos tardíos en sus memorias desoladas, en sus venas artríticas de signos de interrogación.

Como ánima purgando la propia demencia.

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